Las Sandalias

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Hay un programa de televisión que me encanta, se llama “El Jefe”. Consiste en infiltrar al jefe de una empresa como empleado en la misma, pero empleado de los trabajos más duros ¡¡es graciosisimo!! De repente ves al jefe sudando porque está trabajando de camarero, repartiendo pizzas, fregando suelos, recogiendo basura… lo pasan fatal, y poco a poco se van dando cuenta de la dureza del empleo, y van humanizando al trabajador, que antes era un número.

Yo personalmente que he trabajado repartiendo pizzas muchos años, me encantó ver a un jefazo pasándolo mal en la moto y muerto de miedo por la velocidad a la que tienen que repartir estos trabajadores, arriesgando su vida.

Creo que deberían hacer la versión política del programa, y llamarlo “El Político”, disfrazar a Mariano Rajoy de subsahariano y mandarlo al monte gurugú al otro lado de la valla de Melilla ¡sería genial! O meterle en la cárcel, en el módulo FIES, o en el CIES (Centro de Internamiento de Extranjeros) o vivir en la calle o en un poblado de chabolas como “el gallinero” sin baños, ni agua, ni luz, o ser desalojado a porrazos en un desahucio… ¡¡Verían el mundo desde otra perspectiva!!

Decía un proverbio chino; “no juzgues a nadie sin antes haber caminado un trecho del camino con sus sandalias”

Descubrir que el otro no es una cosa, no es un número, no es ilegal o legal, no es de aquí ni de allá… descubrir al otro como ser humano, encontrarse con el otro en el camino… es una de las experiencias más elevadas a las que puede aspirar el ser humano.

La Casta

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Mari se mira sus manos, arrugadas, duras como el cuero, más de veinte años fregando suelos con esas manos, los suelos de “los otros”. Tiene que abrir la puerta, vuelve a mirarse las manos, están temblando un poco.

–          ¿Qué querrán saber? ¿Qué me echarán en cara esta vez? ¿será que no tengo tiempo de ver a mi hija? Pero… ¿Cómo voy a hacerlo si tengo dos trabajos? Y aún así no llego casi a pagar la habitación donde vivimos mi hija y yo.

Piensa la Mari, da vueltas y vueltas a su cabeza, ¿Cómo hablar ante ellos? – “Ellos tienen cultura y yo no, ellos saben leer y escribir y yo no, ellos saben hablar bien y yo no, ellos tienen educación y yo no, ellos saben de esos psicologismos y yo no, ellos tienen papeles y documentación y yo no… tal vez tengan razón, soy una desgraciada soltera y sola que no puedo criar a una niña de 8 años. ¿Será que la pegué aquel día? Lo de pegar no les gusta a “ellos”, pero mi padre me pegaba, era por mi bien.” –

La Mari se ha vestido de domingo, se ha arreglado, como cualquier persona que se va a poner delante de un fiscal o de un juez en un juicio, pero… ¿Es aquello un juicio? Si está en una escuela. Su cabeza da vueltas y vueltas; “¿Me quitarán a mi niña? ¿Qué me preguntarán? Tengo que decir que tengo trabajo, que puedo pagar el alquiler… pero si digo eso me dirán que ¿Cómo trabajando tanto puedo hacerme cargo de mi hija? Pero si les digo que no trabajo y que tengo tiempo me dirán; ¿Cómo piensa dar una estabilidad a su hija? ¡¡¿Qué digo?!! ¡¡¿Qué digo?!! Si me explico como yo soy me dirán que soy violenta, si me comporto suave me dirán que soy incapaz de poner limites a mi hija ¡¡¿Qué digo?!! ¡¡¿Qué digo?!! ¿¿Y si me quitan a mi hija?? No no no, eso no puede ser… tranquila tranquila…”

La Mari respira hondo, y con su mano temblorosa abre la puerta del despacho. Y allí están, esperando, sentados en una mesa redonda, serios, sin expresiones humanas, lejanos, distantes, fríos… la psicóloga de servicios sociales, la trabajadora social del departamento de orientación, el técnico social de la comisión de tutela, el psicopedagogo del colegio, el educador social de la comunidad de Madrid, la jefa de estudios, el mediador social del distrito… ¡¡todos con sus informes!! ¡¡Con sus bolis cargados de tinta y prejuicios!! ¡¡Allí están!! Ellos… los profesionales técnicos… La CASTA psicosocial.

¡¡Vamos chiquill@s!!

vamos chiquill@s

Todos los adultos en el Mercadona estaban tristes, con sus compras, sus prisas, sus preocupaciones, sus seriedades, sus aburriedades… y de repente entre tanta monotonía ¡dos gitanillos! El hermano mayor mete al pequeño en el carrito chico con ruedines de la compra, le empuja duro, ¡y comienzan a imaginarse que es un coche! y a correr por los pasillos del súper, a reírse, a jugar, a derrapar… ¡que alegría de repente! entre tanta tristeza adulta ¡Que imaginación! ¡Que diversión!

¡¡Vamos chiquill@s!! Jugar, correr, divertiros… que pronto llegará el vigilante de seguridad, que pronto detendrán a vuestra madre por irresponsable, que pronto os encerrarán en la escuela tras los barrotes de la cultura.

¡¡Vamos chiquill@s!! jugar, correr, divertiros… que ya no hay patio en el barrio sin cartel de; “prohibido jugar a la pelota”, “Prohibido correr”, “Prohibido hacer ruido”, “Prohibido poner música”, “Prohibido patinar”, “Prohibido montar en bici”, “Prohibido pintar”, “Prohibido bañarse”, “Prohibido tirarse de cabeza en la piscina”…

¡¡Vamos chiquill@s!! jugar, correr, divertiros… que pronto os diagnosticarán hiperactividad, que pronto os medicarán, que pronto dirán que estáis rematadamente locos… ellos, los adultos, los rematadamente cuerdos.

¡¡Vamos chiquill@s!! Jugar, correr, divertiros… que pronto la “Ley de prevención de riesgos” prohibirá jugar por ser actividad arriesgada de alta peligrosidad, que pronto os multarán por no tener seguro, por no llevar casco, rodilleras, coderas, espinilleras…

¡¡Vamos chiquill@s!! Jugar, correr, divertiros… que pronto prohibirán ser niñ@… que pronto diagnosticarán la infancia como un trastorno de locura.

Educación para la paz

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La paz no tiene cabida en el modelo actual de educación. Porque se educa para competir, y la competición es el principio de toda guerra.

Los políticos compiten por ganar las elecciones, los países compiten por el crecimiento económico, las empresas compiten por hacerse con el mercado, los trabajadores compiten por escalar puestos… y los niños compiten por sacar buenas notas y ganar concursos.

Nos han educado para la guerra. Nos han educado tan mal que nos han hecho creer que el pacífico es débil, y el guerrero es fuerte, cuando es todo lo contrario; “Cuanto más duro por fuera, más frágil por dentro”.

Educar para la paz significa tratar la violencia sin ocultarla tras una cárcel, tras un policía, tras un militar, tras una ley, tras una expulsión del colegio… Educar para la paz significa entender al violento. Solo si entendemos al violento podremos tratar su violencia (y la nuestra). “Comprender es perdonar” decía Unamuno.

Por lo que no se trata tanto de educar para la paz sino de educar para entender la violencia. Porque solo entendiéndola estaremos preparados para educarnos en la paz.

El Salvador es uno de los países más violentos del mundo, no porque sus habitantes lleven en su ADN la violencia como llegó a sugerir un estudio sociológico holandés (con sus teorías de la psicopatía genética, el cromosoma maligno, el gen del mal…)

Sino porque su sociedad ha interiorizado una idea absurda; “la violencia se resuelve con más violencia”.

Tratar este pensamiento irracional (empezando por los profesores y los adultos) es tratar la raíz del problema. Proponer respuestas pacíficas ante comportamientos violentos debe ser la iniciativa de toda “Educación para la Paz”, solo así podremos ser fuertes psicológicamente y socialmente.