La prisionización

prisionización

Llego a locutorios. Me siento y espero. Al llegar el chaval, de 20 años, se queda de pie, me mira triste, avergonzado. Pongo la mano en el cristal, el pone la suya. Se sienta;

  • Julio, siento… siento no haberme presentado a lo del boxeo. Y encima otra vez aquí, después de que me sacasteis… lo siento mucho, siempre te defraudo.
  • No te preocupes hombre, no pasa nada.

Me cuenta la condena que le ha caído. Pero a diferencia de otras veces siento un escalofrío enorme.

Esta vez ya no me pregunta ni me pide una abogada para que le saque.

Hace unos meses le vi en la calle, estaba perdido, descontrolado, una especie de “no se adonde ir”, “no sé qué hacer con mi vida”, “no aguanto en ningún trabajo”, “mi familia me machaca”, “aquí afuera no valgo para nada”… y ahora en la cárcel, de vuelta, le veo más seguro, como que ya ha acabado la incertidumbre de la libertad, de tomar decisiones, de elegir… y llega la seguridad de la Institución.

De centro de protección de menores, a centro de reforma, de centro de reforma a la cárcel… como si el recorrido estuviese diseñado de antemano. Toda una vida de Institución, de carceleros, de reglamentos de régimen interno, de rutinas repetitivas… Niños que han crecido y se han criado en cárceles.

“¡Pero si solo tiene 20 años!” pienso, y ya la libertad le da vértigo.

¿Qué demonios han hecho con estos críos?

 

Sadismo

Sadismo

Sadismo: “crueldad que produce placer a la persona que la inflige”.

Cuando pensamos en términos:

“Quién cometa una agresión o un agravio debe pagar con su sufrimiento para compensar a la víctima o a la sociedad”.

Literalmente estamos siendo sádicos: obtengo satisfacción del sufrimiento ajeno.

Y es aquí donde se produce una paradoja psicológica:

El sádico, psicológicamente es más propenso a cometer una agresión, un asesinato, una barbaridad.

Por lo que;

Las personas más propensas a cometer agresiones, son las que (paradójicamente) piden penas más crueles para esas agresiones.

Una especie de:

“Dime a quien odias y te diré a quien te pareces”.

 

La cárcel como mito

cadena perpetua

Tuve un chaval de 21 años preso por asesinato (en preventiva), le pedían 25 años, supongo que ahora le pedirían perpetua.

Había matado supuestamente a un jefe de una pequeña mafia de cuyo nombre no quiero acordarme, un ajuste de cuentas. Este jefe muerto tenía tentáculos en todas partes de Madrid, y la cárcel no era menos. Sus colaboradores querían venganza.

La madre venía llorando y me decía;

  • Le han pegado una paliza, le van a matar, le va a matar. Se lo he dicho a los funcionarios y se reían de mí, les he dicho que por Dios aíslen a mi hijo, lo van a matar. Esos funcionarios quieren que lo maten ¡¡me lo han dicho riéndose!! le van a dejar con los demás presos para que lo maten. Se ríen de mí.

Al final, la insistencia de la madre y los follones que montó en dirección, consiguieron que le metiesen en un modulo donde están los protegidos, los chivatos, etc.

El chaval, no aguantaba la situación. Era muy activo, y 12 horas en una celda (de 8 de la tarde a 8 de la mañana) le mataban. Con esto y la “paranoilla” de que le iban a matar comenzó una ansiedad enorme, angustia, pánico… comenzaron a medicarle. La madre salía llorando de verle;

  • Se le cae la baba Julio, lo tienen drogado, no puede ni hablar ¿Qué están haciendo con mi hijo? – y lloraba y lloraba como si la condena fuese también para la madre.

Pero la condena no era solo para la madre, también para su hija de 4 años, que de la noche a la mañana había pasado a ser huérfana de un padre vivo. Y la madre (abuela de la niña) me decía;

  • No sé qué decir a la niña, solo pregunta por su padre y no sé qué decirla. La digo que se ha ido de viaje, y que volverá pronto, pero… ¿Cuándo se dé cuenta que no vuelve?

Las cosas en casa se empezaron a complicar, el dinero que llevaba el chaval para comer ya no entraba, y la niña “huérfana” se quedaba en una situación tremenda.

Y una situación tremenda allana el camino para que los hijos e hijas de presos sigan los pasos de sus padres y acaben en la cárcel. Como si la cárcel fuese hereditaria. De pobre a pobre, de padre a hijo, de a madre a hija.

Pensando en una cadena perpetua, me imaginaba; entrar a la cárcel con 21 años y no salir nunca más. Porque la revisión se daría en negativo, el chaval desde que había entrado en la cárcel había ido psicológicamente a peor, a muchísimo peor; crisis, violencia, angustia, adicción a los medicamentos… Creo que si hubiese seguido allí dentro se hubiese suicidado o hubiese matado a alguien.

A los dos años fue declarado inocente y salió. Pero ya no era el mismo, el destrozo psicológico era considerable.

Después de bastante tiempo de lo que pasó, me pregunto ¿Qué mejoró la cárcel en la vida de la supuesta víctima? ¿Qué mejoró en el comportamiento del supuesto agresor? ¿En qué mejoró la sociedad? Y no puedo más que responder; menos que en nada, pues todo fue a peor.

La cárcel es un mito, un pensamiento mágico, un efecto placebo, una venda en los ojos, un acto de irresponsabilidad, porque no resuelve los problemas, no los trata, solo los oculta y reprime. Y si tienes un problema y no te tratas, y te lo niegas, te lo ocultas y te reprimes, el problema (lógicamente) empeorará.

El efecto Pigmalion

efecto pigmalion

Muchos chavales al llegar a boxeo, en su primer día me dicen:
– Yo tengo la «hipenlatividad» esa, me medican y todo, no me dejan beber ni cocacola.

(TDAH Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). En realidad no me quiere informar, sino avisar;
– Cuidao conmigo que soy tremendo y te la voy a liar.

Así veo que su actitud tiene más que ver con el autoconcepto adquirido que con los neurotrasmisores que supuestamente funcional mal.

Esto en psicología se llama el «efecto Pigmalión»; la profecía que acaba haciéndose realidad.
Si a un niño, una niña, que está formando su personalidad le dices, le repites una y otra vez;
– Eres mala.
– Eres muy nervioso.
– Eres un desastre.
– Tienes un trastorno (eres un trastornado).
– No eres capaz de prestar atención.

El chaval va formando su personalidad en función de lo que esperan y proyectan en él.

Así, las características de ese trastorno que hemos diagnosticado al niño, la niña, las estamos (paradógicamente) fortaleciendo.