Hoy todos los críos del barrio quieren ser S.

Hoy S. es un héroe en el barrio, ha salido en todos los telediarios, periódicos, notas de prensa; “Golpe a las bandas latinas, detenido el líder de los ….”

Hoy todos los críos del barrio quieren ser S.

El telediario es un espectáculo, como Netflix pero ¡real! Tiran la puerta abajo en una redada contra el crimen organizado, sale esposado con la cabeza abajo, todo lleno de cámaras… como si hubiese caído el hombre más peligroso del mundo, una leyenda.

Hoy todos los críos del barrio quieren ser S.

Todos comentan “¡Yo le conocía! Era mi amigo, yo anduve con él, yo tengo una foto con él…” Todos quieren acercarse a lo que da respeto.

Hoy todos los críos del barrio quieren ser S.

La cárcel te da prestigio, la muerte te convierte en mártir de tu gente, salir en los medios ¡¡la fama!!

Hoy todos los críos del barrio quieren ser S.

Por cada espectáculo que montan los medios de comunicación, crean 20, 30, 40… nuevos críos deseando entrar en una organización juvenil.

La fama, la imagen de duro, me dará el respeto que no me da mi entorno, la sociedad, el centro educativo, el mundo adulto… hablarán de mí si hago esto, no si hago lo otro.

Realmente S. no era tan peligroso, no tenía tanto poder, la organización no estaba tan organizada, no controlaba ningún mercado de la droga, de las armas, ni sabía qué era blanquear dinero… pero los periodistas-niño y los espectadores-niño necesitan espectáculo, la policía dar sensación de éxito y seguridad.

Si S. quería parecer malo, poderoso y peligroso, ahora lo es por tres, por cuatro, por diez veces más de lo que era en realidad.

Policías, periodistas-niños, espectadores-niño y chavales se retroalimentan en un juego donde todos, menos los críos, sacan algo.

La policía la imagen-humo de seguridad y control.

Los periodistas audiencia-espectáculo.

Los espectadores-niño entretenimiento.

Los críos, cárcel y muerte.

Hoy todos los críos del barrio quieren ser S.

El dedo del monstruo

A la niña se le resbala un moco gelatinoso hasta la boca, juega con mi hijo en la arena del parque, con los moldes hacemos un conejo, una tortuga, una torre.

Después de un rato jugando, mi pareja la pregunta;

– ¿Y tu mamá?

La niña no hace caso, como si no entendiese eso de “mamá”. Miramos alrededor, parece que la niña está sola. Es raro porque todos los niños suelen estar limpios, sin mocos, atendidos.

Mi hijo se aburre de la arena, quiere la pelota. Jugamos.

En la caseta de colores hay un niño quieto, de un año y algunos meses. No juega, no se mueve, no busca, no observa, está ausente.

“La depresión en los bebés se puede detectar por la ausencia de curiosidad, de interés” decía la psicóloga en la entrevista de los Sonidos de mi Barrio.

Mi hijo, curioso, con interés, se acerca al niño quito. Pero este no reacciona. Mi hijo se va, y el niño quieto se queda en la caseta, mirando la madera, solo, apagado, mientras los demás se mueven o juegan.

Una niña se tira al suelo y comienza una rabieta muy fuerte, grita fuera de sí.

Mi hijo nunca ha visto una rabieta así. Se sorprende. La señala y comienza a hacer pucheros asustado.

– No hijo no, no pasa nada ahora se pone bien – le dice mi pareja mientras le acaricia.

Nadie atiende a la niña.

Hay una mujer mirando el móvil en el banco del parque. Tiene sobre el banco unas 7 botellitas de agua. Se levanta indiferente, fría. Se acerca a la niña. Mi pareja le está hablando a la pequeña.

– Nada, es otra rabieta – Dice la mujer.

La agarra con fuerza del brazo y la sienta de un golpe en un carrito, la ata. La niña sigue gritando. La mujer se sienta y vuelve a mirar el móvil, indiferente, fría.

A la vuelta a casa. Mi pareja y yo vamos callados mientras empujamos el carrito del niño, que también va callado. Como asimilando lo que ha pasado, lo que hemos visto. Digiriéndolo.

No se me quita la imagen de la “educadora” o mujer-institución, la frialdad en el trato a la niña, casi una bebé, como si fuese una no-niña, una cosa.

Si los trabajadores del centro de menores del barrio se comportan así en público ¿Qué no harán en privado? Es como si el maltratador, de tener tanta impunidad, tanto poder, que le diese igual maltratar en público, ante los ojos de todos.

Esta infancia, la infancia tutelada, la secuestrada de sus madres, la psiquiatrizada, la intervenida, la encerrada, está siempre oculta al barrio entre los muros y edificios del centro de menores, donde un vigilante de seguridad ronda a veces las puertas, no sea que un niño sea agresivo, no sea que venga una madre a por su hijo, no sea que el hijo salga a por su madre… pero a veces, en esas salidas, escuetas, cortas, podemos los vecinos ver la punta del iceberg de lo que hay ahí dentro. Como el que ve la punta del dedo de un monstruo y se imagina su tamaño.