Sangrevisión

El chico muestra el machete gigante, otros se pelean, otro patea a uno en el suelo, otro hace su seña, muestran sus tatuajes… mientras estas imágenes se suceden en la pantalla del telediario se abre otra pantalla donde sale Mariah Oliver, y el presentador pregunta “¿buscarán venganza?”.

“Sangrevisión” es una palabra que utiliza Francisco Martínez en su novela “Razamaldita”, cada vez que hay un asesinato entre las maras de El Salvador aparece la reportera, guapa, maquillada, con tacones, impoluta, graban la sangre que dejó la reyerta, y pregunta a “los desclazos” “¿Cómo fue? ¿Dónde estaba usted? ¿Cómo se lo clavó?”. Después dejan el barrio marginal para irse a su barrio de lujo, con su inmensa muralla de seguridad que les separan.

Todo se sucede: pobreza, violencia y la llegada de “Sangrevisión”.
La pobreza, el conflicto social y sus consecuencias, convertidas en espectáculo, en producto de ocio y entretenimiento.
Mientras Mariah responde desde la reflexión, el análisis, desde su experiencia como ex – latin King, como investigadora de la universidad, las imágenes de violencia extrema se suceden en la pantalla.
¿Escucha el espectador a Mariah o ve las imágenes?

La entrevista dura 4 minutos (la mía en “Los Sonidos de mi Barrio” a Mariah duró una hora), el fast-food es rápido, en la producción, en la entrega y en la digestión.
El espectador come la hamburguesa, las patatas con kechup, cree que le alimenta, pero le va haciendo cada vez más gordo, más grasiento, más deformado …

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