El Proceso

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Se ponen en contacto conmigo, y me ofrecen dar clases de boxeo en la Cañada Real a la chavalada de allí. Es un taller de boxeo donde el profe ya no puede seguir yendo. Me pagarían, es un trabajo remunerado.

El profe que no puede seguir yendo le conozco. Me pongo en contacto con él.

Resulta que no puede seguir yendo y trabajar con niños y niñas porque le han pedido el “certificado de abusos sexuales” (donde se certifica que no tiene antecedentes penales por delitos sexuales). Él lo ha entregado, el certificado español, pero le piden el de su país de origen.

Él salió de su país de origen a los 10 años de edad ¡¡10 años!! Y le están pidiendo un certificado que alegue que no cometió delitos sexuales entre 0 y 10 años de edad.

Acude a la embajada y le dicen que para dárselo tiene que tener el servicio militar hecho, sino no puede pedir ese trámite. “No es un ciudadano digno de su país”.

Hay una novela, que se llama “El Proceso” de Kafka, que representa exactamente estas situaciones; el individuo ahogándose en el sin sentido. La realidad como un laberinto absurdo por donde transita perdido el ser humano, incapaz de gobernar su destino.

Los niños y niñas del taller ya han creado un vínculo con el profe, se ha creado la confianza, la dinámica, el grupo… y ahora se rompe ese vínculo, esa confianza. El profe tiene que irse. Viene otro. De profe en profe y tiro porque me toca. El niño marginado, el niño mareado. La necesidad del papeleo por encima de la necesidad del niño, de la niña.

“Los niños no tienen derechos, tienen necesidades” decía Enrique Martínez Reguera (los derechos se pueden posponer, las necesidades no).

ASPA y la empresa “Opción 3” (contratados por el Ayuntamiento de Madrid, Ahora Madrid, quien exige el certificado) no le permiten seguir, ni si quiera como voluntario, porque no tiene un “certificado de abusos sexuales” de cuando él tenía 10 años. Tiene que demostrar que no cometió delitos sexuales entre los 0 y los 10 años aunque el código penal de su país no impute delitos a esas edades. “El Proceso” de Kafka, el absurdo, el ridículo, el surrealismo.

Aun teniendo él residencia española, me ofrecen el trabajo a mí, el trabajo que él no puede hacer por haber nacido y vivido hasta los 10 años en otro país.

Las mismas ONGs y Leyes que trabajan contra la exclusión, la discriminación y la marginación, están excluyendo, discriminando y marginando.

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La luz

Trafiic

Me preguntaba “¿Y dónde estamos nosotr@s?” Aparecían los distribuidores, los consumidores, los cárteles, los sicarios, las fuerzas del orden, jueces, políticos, policías, ejercito…

Pero en el mundo de las drogas (ilegales) ¿Dónde estábamos nosotr@s?: la prevención (“Hortaleza Boxing Crew”).

Sin embargo, como siempre, lo mejor se deja para el final (el postre). Y nosotr@s aparecíamos al final de la película “Traffic”; los niños, las niñas jugando al béisbol (la prevención).

Uno de los protagonistas de la película, un policía mexicano que va descubriendo el absurdo de la guerra contra el narcotráfico (Benicio del Toro), decía que el problema de las drogas era que por las noches no había farolas y los niños ya no podían jugar al béisbol por la noche, y por eso se dedicaban a consumir, a las pandillas…

“La luz” (en la película los focos alumbrando el campo de béisbol), es una metáfora; la prevención, la educación, escuchar, crear espacios para la infancia, para la adolescencia.

“Hortaleza Boxing Crew”, como otros muchos colectivos dedicados a la infancia y la prevención, aparecemos en la película, en la mejor escena; en el final, en la conclusión.

Mi lado del cristal

desde fuera

Siempre les digo que no se metan en líos, que mantengan la calma, que pasen de los funcionarios de prisiones, que no les contesten.

Los chavales, al otro lado del cristal, suelen estar nerviosos, cabreados, impotentes. Y yo tranquilo, sereno, dando consejos.

Sin embargo el otro día, me di cuenta de lo idiota que soy. Aprendí lo fácil que se ve todo desde “mi lado del cristal”:

En el segundo control de acceso a la cárcel. El funcionario comenzó a ponernos pegas a Laura y a mí. De malas maneras.

Al irse Laura a comunicar, me quedo solo. El funcionario me advierte;

  • Usted no puede meterse en la misma cabina para ver al mismo interno. Así que ni se le pase por la cabeza. Ella viene a una cosa (abogada) y usted viene a otra distinta (educador).
  • Ya, aunque solemos venir como un equipo que trabaja coordinado.
  • ¡¡A mí como si folláis!! Tú vas a esperar aquí, no quiero ni que te acerques al locutorio, te voy a estar vigilando, como vea que te metes en la misma cabina que la letrada te digo que aviso a seguridad.

En todo momento, Laura y yo no habíamos discrepado, ni puesto pegas a nada, ni si quiera habíamos abierto la boca. Te ves de repente recibiendo una bronca, gritos, amenazas, te sientes humillado, violentado… y piensas; “si nos tratan así a nosotros, qué no harán con ellos. Lo nuestro es un rato de visitas, ellos tienen que estar aquí 24 horas al día”.

  • Pero si ya ha quedado claro ¿Por qué me tiene que amenazar?
  • ¡¡Avisado quedas!!

Y cierra la ventanilla de un portazo, o bueno… de un ventanazo.

Al rato entro a comunicar con mi chaval. Pero hoy los papeles se han invertido; soy yo el que está alterado, cabreado, nervioso… y él tranquilo, sereno;

  • Julio, tienes que pasar, no les hagas caso, son así. Cuanto más lo piensas más te enfadas.

“Que idiota soy” pienso, “qué fácil veía y se ve todo desde mi lado del cristal”.

 

A veces me distraigo

abajo, muy abajo

A veces me distraigo, me despisto. Pienso cual maravilloso sería abrir un gimnasio; “Hortaleza Boxing Crew”, llevar a la chavalada a competir, y emborracharnos de medallas, copas, aplauso, vítores, podiums que nos elevan por encima de los demás para decirnos; “yo soy mejor que tú”.
Pero luego, cuando estoy en un juicio de uno de mis chavales, veo al chico esposado y custodiado por la policía nacional, sus ojeras de no dormir, oigo los sollozos de la madre, la voz del juez, la petición fiscal… ¿Se acabará con este juicio las torturas, palizas, el aislamiento… en la cárcel?

Aterrizo. Pongo los pies en la tierra.
Es aquí donde tenemos que estar; en el juicio, en los juzgados, en la cárcel, en comisaría, en los centros de menores, con la madre… y no en el ring, y no en la velada, y no en lo campeonatos, para eso ya están los gimnasios. Con una gran labor, becándonos a nuestros chicos y chicas.

Que el brillo de las medallas no nos impidan ver la oscuridad.
Que los aplausos y los vítores no nos impidan escuchar los sollozos de la madre.
Que lo deportivo, no nos distraiga de lo social.
“Hortaleza Boxing Crew” nació para esto, para estar aquí; abajo, muy abajo.

Es el niño

es el niño

Les han cortado la luz, no hay para pagar el alquiler, no hay para comer, pronto vendrán para desahuciarles. La madre se ha ido con uno de los niños, el padre se ha quedado con el otro, Juan.

Juan, el niño, de 7 años, no entiende el mundo de los adultos “¿Qué está pasando en mi casa? ¿Y mi hermano? ¿Y mi madre? ¿Volverán?”

El padre no tiene familia, está solo, tiene que trabajar pero… ¿Dónde deja al niño? Si de la escuela le expulsan cada dos por tres. Se lo lleva de la mano andando de comercio en comercio buscando trabajo, buscando alguna chapuzilla que hacer.

“Si de la escuela no me le expulsasen yo podría trabajar” se lamenta el padre.

Juan, el niño, no puede más. Cuando va a clase explota; la lía, contesta, se pega… la situación le supera, le sobrepasa. Y es que indirectamente les está diciendo a los profes, a las profesionales, al colegio, al mundo adulto; “ayudadme, no puedo más”.

El cole, el psicólogo, la pedagoga, los y las profesionales de la educación lo tienen claro. Han analizado la situación a fondo, han estudiado el caso detenidamente. Y su diagnóstico es;

  • TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad).

No es un problema de vivienda.

No es un problema de pobreza.

No es un problema de exclusión.

No es un problema del Sistema Educativo.

No es un problema de empleo.

Es el niño, que es un trastornado.

En verano no

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Jaime está observando la clase de boxeo, no entrena, me extraña mucho porque le encanta entrenar, así que después de clase le pregunto;

  • Qué ¿Has colgado los guantes?
  • No, es que he vuelto a tomar la medicación, y dice el médico que tengo que estar unas semanas sin hacer deporte.
  • ¿Cómo que has dejado de tomar la medicación?
  • Sí, yo tengo TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), si ya te lo dije.
  • Sí, pero lo que no entiendo es por qué vuelves a tomarla ¿Cuándo la has dejado de tomar?
  • Pues en verano.
  • Y ¿Por qué en verano?
  • Pues porque no tengo que ir a clase, y dice el médico que entonces no hace falta
  • Y ¿Cómo te has sentido este verano sin tomarla?
  • Bien, normal.
  • ¿No te ha pasado nada? ¿No te has metido en líos? ¿No la has liado? ¿No has estado nervioso?
  • No, la verdad es que bien.

El TDAH en la infancia/adolescencia está relacionado con estar en clase, permanecer en el aula, estar sentado, estar callado. Por eso en verano muchos chavales, chavalas dejan de tomar medicación.

El método “educativo” no se tiene que adaptar al niño, a la niña, a sus características personales, a sus necesidades, a su entorno. Es el niño, la niña, la que tiene que adaptarse al método, sea como sea, y si para eso hace falta drogarle, se le droga.

Cómo llamarles

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El abogado le pasa mi carta. En seguida el vigilante que vigila la conversación, la relación, que todo lo observa, dice;
– No le puede dar nada. Si quiere darle esa carta la tiene que enviar por correo.

Si la envío por correo (y no a través del abogado) se que la leerán los “educadores”, o los carceleros, o los vigilantes psicológicos, o los funcionarios de prisiones de adolescentes… nunca se como llamar a esta gente.
Leerla para violar su intimidad, para someterla, para humillarla, para controlarla, para reducirles psicológicamente… a una persona no la reduces privándola de libertad, sino privándola de intimidad.

El abogado abre la carta, se la pone delante. Ella, medio drogada por la medicación, la lee. Yo no le digo nada especial en ella, pero le hace mucha ilusión.

Y así, a través del abogado, consigo colarle a este bunker del “Sistema de Reforma de Menores” un “hola”, un “¿qué tal?”, un “¿cómo estás?”… para que sepa que no está sola, que seguimos aquí afuera.

“Colarle un mensaje”, y es que cualquier adulto en una cárcel para adultos tiene más derechos y garantías procesales que estos chicos y chicas (menores de edad) en estos “centros de menores”, o cárceles de niños, o psiquiátricos de adolescentes, o centros de tortura psicológica… nunca se cómo llamar a estos sitios.