¿Neutralidad en Educación Social?

¿Te imaginas que un político te manda su currículum a tu movimiento o partido sin decirte que ideas políticas tiene?
Sería absurdo. 
Pues lo mismo pasa en educación social. Veo muchos currículums de educadores sociales a lo largo del día. Y ninguno declara su tendencia o ideas educativas. Como si la educación fuese neutral. Y no hay nada menos neutral que la educación. Hay cientos de tendencias, filosofías y metodologías educativas.
¿Cómo es posible que “expertos en educación” se les pase por alto decir lo más esencial; su filosofía, su metodología… es decir; su esencia como educador/a? 
El problema comienza en la carrera de educación social, que se vende así misma y a su alumnado como neutral, sin tendencia, sin filosofía, sin método, cuando en realidad sí lo tiene. Poniéndose así en evidencia tanto como carrera como profesión. 

El Mito de Edipo

Los clásicos griegos y su sabiduría nos dejaron un aviso sobre la infancia a través del mito de Edipo. Pero nuestra sociedad, nuestra cultura, no supo interpretarlo. Obsesionados por la competitividad, interpretamos que la moraleja era que padre e hijo compiten por la madre (el “Complejo de Edipo”). Que el hijo quiere matar al padre para poseer sexualmente a la madre.Un tanto enfermo ¿No?Pero además tenemos ya la visión de que el niño es malo por naturaleza; “en su subconsciente quiere matar al padre”.

¿Edipo mata al padre porque compite con él, porque en su naturaleza está la maldad o porque de pequeño fue abandonado, maltratado, desarraigado…?
¿Por qué no se enfatiza en lo esencial del mito; “el abandonado de Edipo, su exclusión”?
Los clásicos griegos nos trasmiten una moraleja muy distinta a nuestra enfermiza interpretación;

Cuidado con abandonar la infancia, cuidado con maltratarla, con excluirla, porque nos traerá la desgracia, la tragedia griega.

Cuidado con intentar predecir el futuro (consultar al oráculo) “el niño será malo”.

El niño, la niña, se harán jóvenes y nos devolverán (como Edipo; sin ser conscientes ni desearlo) la desgracia que les dimos. La predicción que les hicimos.

La sala vacía

A la una de la tarde en pleno mes de julio con un sol abrasador, descalzo, con una rueda pinchada, baja el chaval haciendo pequeñas eses en la bici, en esas bicis del ayuntamiento, que son para desplazarse pero no para jugar. Pronto llegará la policía, le detendrán, se lo llevarán a comisaría, o algo peor.

Si intentase ir a la piscina sin dinero, custodiada por vigilantes, le pasaría más o menos lo mismo.

Si se bañase en la fuente, lo mismo.

Si intentase desplazarse en metro sin dinero, lo mismo.

Si pintase un graffiti, lo mismo.

Si ayer escribía sobre niños y niñas jugando y chapoteando sobre el riego de un aspersor (lo único que les queda para mojarse), hoy lo hago sobre un chaval jugando con una de esas bicis del ayuntamiento (que son para desplazarse, no para jugar).

Como esa película de Fernando León, “Barrio”, adolescentes pasando el verano sin nada que hacer.

Acudieron a mi unos estudiantes de educación social para entrevistarme para un trabajo de educación de calle, mi conclusión fue rotunda; “mejor que la educación de calle, es luchar porque les dejen pasar a la piscina. El dinero que pueda costar un educador de calle, debería destinarse a dejar gratis la piscina”.

Desde la Educación Social estamos obsesionados con la “intervención” ¿Pero en qué hay que intervenir? La chavalada ya sabe; sabe rapear, bailar breackdance, montar en skate, graffitear, chapotear, nadar… saben divertirse, crear, disfrutar… solo necesitan que les dejemos en paz.

Les prohibimos hacer todo y luego creamos proyectos para tratar la adicción a las nuevas tecnologías (intervención). Es la psiquiatrización de la infancia; “te has enganchado porque estás enfermo, no porque te hayamos prohibido cualquier alternativa de ocio”.

El otro día me decía un padre que su hija de 11 años había estado hasta las cuatro de la mañana con el móvil. Y yo le respondía más o menos; “normal”.

Ok, le quitamos el móvil, y en su lugar ¿Qué dejamos? La nada, el aburrimiento, el hastío.

Sara Escudero, la psicóloga que entrevisté por la radio el otro día sobre las autolesiones lo ejemplificaba así;

“Imagínate que en una sala del museo quitas los cuadros porque no son apropiados, tendrás que sustituirlos por algo ¿O dejas la sala vacía?”

Queremos que no se droguen, que no se metan en líos, que no se enganchen a los móviles, que no vaya a casas de apuestas… ¿Pero qué alternativas les damos?

¿Con qué cuadros vamos a decorar esa sala que hemos dejado completamente vacía?

Nuestra última esperanza

Empapados, entre risas y correteos los niños y niñas, unos en calzoncillos y las otras en bragas, se meten debajo del chorro de agua que tira el aspersor para regar el césped del parque.

Juegan y se divierten eufóricos.

Cómo la típica imagen de EEUU con el aparato rojo ese de los bomberos echando agua.

Hace unas semanas hacían lo mismo pero con las fuentes para beber del parque. Cortaron el agua. Ya ninguna fuente del barrio tiene agua.

Las piscinas municipales de nuestro distrito una cerrada por obras, la otra inespugnable por el Covid.

Los antiguos chorros del parque “Juan Carlos” secos.

Todos los ríos y embalses de Madrid prohibido el baño.

El aspersor es nuestra última esperanza.

Corred, jugad, mojaros, empaparos… que pronto os cerrarán el grifo, que pronto pondrán multas a vuestros padres por irresponsables, antihigiénicos y sucios, que pronto pondrán un cartel “prohibido mojarse”, que pronto seréis usuarios de ONGs de ocio y tiempo libre, de planes juveniles del ayuntamiento para combatir la adicción a las nuevas tecnologías…

Corred, jugad, mojaros, empaparos…Que pronto ese aspersor será prohibido.

El niño de la marquesa

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Maribel es auxiliar de enfermería.
Trabaja en un hospital privado. Al principio de la pandemia el hospital deriva a los enfermos por Covid a la pública. Hasta que les dan la orden de atenderles si o si.
Se llenan las plantas, se desbordan de trabajo. Aún así siguen haciendo operaciones de cirugía estética.
Las tetas, rinoplastia, lipos… dan dinero, una pandemia no.
El mercado manda.

Maribel está embarazada de 4 meses. Trabaja sin material suficiente para garantizar su seguridad. Sus compañeras van cayendo. Pide la baja por el riesgo de contagio que ve en su hospital.
– Estar embarazada no es una enfermedad.
Le contesta su doctora de cabecera.
– Tu seguridad te la tiene que garantizar “prevención de riesgos laborales” de tu empresa no yo.
No le da la baja.
– Todo está bien – le dice “prevención de riesgos laborales” de su empresa.

A los días de seguir trabajando a destajo, sin baja, sin medios, se siente mal, no tiene olfato, ni gusto, dolores de cabeza…
Pide que le hagan la prueba de Covid. El hospital se niega. No quiere.
Maribel trabaja en maternidad, manipula bebés, tiene contacto con las madres “¿Y si les estoy contagiando?” Se pregunta.
Maribel entra en cólera y protesta, no ya por ella sino por las pacientes.
Acaban cediendo y le hacen las pruebas.
Da positivo.

Le mandan a casa, le dan la baja. En casa cada vez se encuentra peor, se junta el covid con las náuseas y vómitos del embarazo.
Acaba en urgencias con dificultad al respirar. Después de varias pruebas le mandan a casa. Aislamiento total.
Pasan varias semanas, mejora, lo supera, da negativo y vuelve al trabajo.

Transcurren los días, su contrato se acaba.
Las residencias y hospitales privados hacen contratos eventuales de 6 meses, cuando la ley les obliga a hacerles fijos no les renuevan y llaman a otros, a otras. Las trabajadoras van así de hospital en hospital, de residencia de ancianos en residencia de ancianos… cómo en “Las Uvas de la Ira” de John Steinbeck iban los campesinos de Estado en Estado, de granja en granja, de finca en finca… sin un lugar-hogar fijo.
Su contrato se le acaba ¿Quién va a renovar a una embarazada de 6 meses?
El mercado manda.

No la renuevan. No hay baja por maternidad, no le queda paro (no ha pasado un año desde que empezó). Lleva 5 años de contrato eventual en contrato eventual, de hospital en hospital, de residencia de ancianos en residencia de ancianos… sin lugar, como esos campesinos de “Las Uvas de la Ira”.

Mientras se acaricia la barriga y se visualiza a ella misma en la calle, oye los aplausos de las 8. Son para ella, y su bebé, que le ha acompañado durante toda la pandemia.

Se entera por la TV que el premio Princesa de Austrias también es para ella.
¿Se lo dará la Princesa? ¿Se los dará una niña?
Una niña… como ese niño de “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes, la marquesa le da monedas, y el niño, aburrido y hastiado de aquel ritual de adultos que no entiende, va dandoselas de uno a uno a los campesinos que esperan en fila su paga de navidad. Mientras uno a uno agachan la cabeza y dicen “gracias señorito”.

El farolero de “El Principito”

el farolero

– ¿Pero qué deberes le mandan?
– Son actividades, repasar los colores…

Me cuesta digerir lo que me dice la madre, que a un niño de dos años se le mande deberes desde la guardería (2 años).
“¿Cómo aprendí yo los colores?” me pregunto. No tengo ni la menor idea, pero haciendo deberes no.

El otro día un chaval de 14 años me preguntaba “¿El Este es a la derecha?” Y en menos de 5 minutos le expliqué y entendió lo que era Este, Oeste, Oriente y Occidente. Lo que con 4 años de edad le hubiese costado deberes, tiempo, dejar de jugar, sentarse en una silla, disciplina, tensión… con 14 años ha supuesto 5 minutos en una conversación relajada y natural.

Nuestra forma de “educar” no solo adelanta de forma forzada el momento del aprendizaje, sino que mata la naturalidad del juego, la conversación, el descubrimiento innato del niño… para hacer un método artificial.

Está demostrado que a partir de 12 años los niños pueden recuperar rápidamente todo el temario visto hasta entonces en la escuela con mucho menor esfuerzo y de forma más ágil y natural. ¿Por qué adelantar el momento?

Y es que nuestro método se aferra a un concepto cultural; “el sacrificio”, una especie de “pasión de Cristo educativa”;
– Sufrir es bueno, disfrutar es malo.

Esto no solo es un mito, sino que es además una contradicción.
Un día, en clases de apoyo escolar, llevé un juego de mesa para aprender a multiplicar, una especie de “oca matemática”. Rápidamente te das cuenta que el niño que juega a esto aprende mucho más rápido que el que se sacrifica con deberes y ejercicios aburridos y monótonos.
Tenemos chavales y chavalas en boxeo que son un@s cracks, sin embargo suspenden “educación física” (a mí me pasaba de chaval).

Indentificamos el disfrute con el premio, y no con el proceso.

Detrás de los métodos de sacrificio hay un miedo inconsciente del adulto, la interpretación de que si aprende disfrutando el niño esté está desobedeciendo, descontrolado, que hace lo que quiere (como si hacer lo que quiere fuese malo).
Y un tema de fondo más peliagudo; “Si disfruta de niño haciendo lo que le gusta ¿Cómo aceptará de mayor un empleo y una vida que no le guste?”

Tal vez lo que de verdad nos preocupa es esto último. Que en psicología tiene un nombre “tolerancia a la frustración”.

De mayores deben “tolerar” un trabajo que no les guste, una vida que no les guste, unas normas que no les guste, un mundo que no les guste…

Sin darnos cuenta (o dándonosla) les estamos educando para la desdicha, para ser autómatas y acríticos.
Las escuelas se convierten así en fábricas de esos “hombres grises” de Momo. O de ese conejo blanco que corre porque llega tarde sin saber a dónde va de “Alicia en el país de las maravillas”. O de ese farolero de “El Principito” que repite una acción mecánica sin saber ni preguntarse por qué lo hace.

El discurso del odio en la infancia

discurso del odio

Esta es una carta de una madre de un colegio del barrio y la contestación de la directora. Donde se puede observar la existencia de dos clases de infancia, la que tiene derecho a la escolarización, y la que se queda “al otro lado”, en la calle, sin escolarizar, sola y abandonada.

El discurso del odio se materializa también en los más pequeños, (dos niños marroquíes del colegio acabaron llorando por la situación y los insultos):

Carta:

“Buenos dias!!! Mi nombre es María, soy la madre de Gabriel y Marta. (Nombres ficticios).

Ayer a medio día, mientras los niños estaban en el patio del comedor, pasé por el colegio y al ver siete furgones de la policía y dos coches me detuve  para ver qué ocurría.

Todos los niños se aglomeraron en la reja del patio mientras los policías sacaban de allí a dos chavales del centro de menores.

De pronto los niños, nuestros hijos y alumnos del centro comenzaron a insultar a los dos chavales que salían del callejón.

Frases como “Moros de mierda” “Ladrones” “dais asco” …..  los chavales que salían del callejón rondaban entre 11 y 13 años.

Una vez los chavales del centro de menores cruzaron la calle, los niños comenzaron a vitorear la actuación policial.

Dicho esto y sabiendo que ustedes ya nos han mandado una circular apelando a la coherencia y  al respeto, cosa que agradecemos dadas las conversaciones que se suceden en la puerta del colegio mientras esperamos a los niños y en los grupos de Whatssap de padres.

Nos parecía importante contaros nuestra sensación y sentimiento ante la actuación de los niños del cole que insultaban a otros niños de esa manera, con esa frialdad y tono tan despectivo y dañino.

Gracias por los minutos dedicados a leernos y esperamos que podamos afrontar esta situación de la mejor manera posible con los niños, las familias y El Barrio.

Un cordial saludo”

Contestación Directora:

Buenos días María:

Efectivamente, desde el colegio estamos viendo que este tema se estaba haciendo una “bola” que además de exagerada está tomando unos tientes despectivos hacia un colectivo concreto que no nos gusta nada. Términos como los que has descrito en tu correo que jamás saldrán de los educadores de un centro pues no son los valores que enseñamos a nuestros alumnos. Volveremos a trabajar en las aulas la tolerancia y el respeto por la diversidad que siempre hemos creído que enriquece a la sociedad. Creemos que se ha llegado a este punto porque ha influido la curiosidad y morbosidad de los niños y también por el alarmismo de algunas familias cuando sus hijos llegaban a casa contando cosas que, muchas de ellas, están adornadas. Qué decir además, de la poca ayuda que a esto se suman los grupos de whatsapp de padres donde se siembra una alarma social que lo único que hace es echar más leña al fuego y desgraciadamente, no confiando en la intervención del Centro y de la Policía.
Te agradezco muchísimo tu mail y espero que entre todos consigamos que se vaya solucionando la situación.

Un afectuosos saludo,

Sistema Excluyente

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Hay una diferencia entre Educación e Instrucción. La primera hace que el método se adapte a las necesidades de la infancia. La segunda que la infancia se adapte a las necesidades del método.

Este matiz; “¿Quién se adapta a quién?” Es fundamental para saber si estamos hablando de Educación o de “otra cosa”.

Ayer hablaba con una madre y me contaba que su hijo a pesar de tener muy buen comportamiento en clase, suspendía todo con ceros. Desconcertados, pidieron que se le hiciera unas pruebas de inteligencia y aptitudes. Pruebas que tuvieron que pagar los padres (300€) a una entidad privada porque en la Comunidad de Madrid tardan tres años en hacérselas, por la lista de espera que hay.

Las pruebas dieron un resultado sorprendente; el niño era superdotado.

Sin embargo, después de saber esto, la escuela no le aplica otro método educativo, no existe. Es una sola talla de zapatos para distintos pies.

¿Por qué al Sistema Educativo se le escapan los niños y niñas más inquietos (diagnosticados con TDAH), los más inteligentes, incluso lo más creativos? Los que no son “estándar”.

Porque en el fondo en ningún momento estamos hablando de Educación, sino de pura Instrucción;

Hay un método, un estándar (una talla de zapatos), si te adaptas bien, si no; fuera de aquí; expulsión, parte, expediente… (pura instrucción).

El Sistema se convierte en excluyente, y el niño en excluido.

Luego vas a carreras de “lo social” (educación social, trabajo social, integración social…) y todo se enfoca en trabajar con el excluido, nunca con el excluyente.

El excluido se convierte así en triple víctima; primero por ser excluido, segundo por ser pobre (si hay dinero se paga una educación privada adaptada) y por último por ser el foco del problema.

La orden es calle

la orden es calle

Por la mañana, a primera hora me lo encuentro en la entrada. Está tiritando, tiritando de manera impulsiva, le castañean los dientes, es exagerado. Lo meto para dentro, le pongo en una silla al lado del radiador. Sigue tiritando. Pasa media hora, sigue tiritando.

Ha pasado toda la noche en el parque. Sin mantas, sin abrigo.

Le llevo a casa de una vecina, una señora del barrio, para pararle la tiritona. Le recibe como una abuela. Como esa abuela que nunca tuvo o que ya no tiene. La casa tiene calefacción, está caliente. El chico se ducha, se cambia de ropa, desayuna. La señora le atiende con amor y por un momento le recupera del frío, de la tiritona, de la calle, del maltrato, del abandono.

La noche anterior el chico llegó a comisaria.

  • Quiero entrar en Hortaleza. Vengo de Málaga. No tengo donde dormir. Tengo 16 años. Estoy solo.

La policía se ríe de él.

  • ¿Has visto la fuente que hay en la rotonda? Pues ahí es donde vas a dormir jajajaja

Por la mañana cojo el coche, no me arranca, está congelado. Todos los cristales tienen una escarcha de hielo. Es una de las noches más frías del año.

Llego a la puerta. Y allí está, esperando, tiritando, tiritando de frío, de manera impulsiva, le castañean los dientes, es exagerado.

“La orden es bala” decía Pablo Escobar a sus sicarios para sus enemigos.

“La orden es calle” dice la Comunidad de Madrid a sus Instituciones para sus niños.

Calle al cumplir los 18, calle por determinación de la edad “eres mayor” le dicen al niño después de desnudarle y mirarle sus genitales. Calle para quien no acepte el maltrato que ellos llaman “normas”. “Vete de aquí, esto no es una pensión, dirígete a la policía” le dice el centro de menores, “vas a dormir en la fuete jajaja” le dice la policía. “Si metes al niño en casa te denuncio por sustracción de menores” nos dice su tutor. “Si le bajas mantas se las tiro” nos dice la policía.

Y es que “la orden es calle”. Desde arriba la orden es frío, la orden es hambre, la orden es desprotección, la orden es abandono, la orden es bloquear la ayuda.

No es desbordamiento. Es premeditación.

¿Qué es progresar?

Qué es progresar

¿Qué es progresar? Se preguntaba Daniel, el Mochuelo, en “El Camino” de Miguel Delibes.

Progresar era abandonar el pueblo e ir a estudiar a la ciudad.

Yo antes reía, veía a mis amigos del barrio, alguno del cole, charlábamos mientras hacíamos pesas, era como una pequeña comunidad. Hoy el gimnasio, en el mismo local, pero gestionado por una franquicia multinacional, nadie ríe, nadie habla, nadie dice HOLA.

¿Qué es progresar? Se preguntaba Daniel, el Mochuelo.

En los vestuarios hablábamos, charlábamos, hacíamos bromas, mientras nos vestíamos, nos duchábamos… Así pasamos la adolescencia, casi alejados de las drogas. Hoy ese mismo lugar son camarotes, ducha-vestuario individuales de cuatro paredes, no ves a nadie, no hablas con nadie, no oyes a nadie.

¿Qué es progresar? Se preguntaba Daniel, el Mochuelo.

Al entrar al gimnasio veías a Paco, a Hovik, a Nano, a Cristian… personas del barrio, que conocías, que te conocían. Hoy te atiende un hombre que no ríe, que no expresa nada, solo da datos, eficiente como un robot, y que se desconcierta ante una sonrisa, como si no estuviese programado para eso.

¿Qué es progresar? Se preguntaba Daniel, el Mochuelo.

Ayer escuché una noticia por TV; “ha muerto Air Behn, el exmarido de la princesa de Noruega”, no decía SUICIDIO, no decía DEPRESIÓN. Los tabús no se pueden pronunciar en alto, por eso se convierten en PECADOS, en CULPA.

Daniel, El Mochuelo, a solas ya en su habitación, rompía a llorar en un sollozo desgarrador al final de la obra, como una explosión de quien ya no puede más. Como si con ese final Miguel Delibes quisiese contestar a esa pregunta de Daniel, el Mochuelo “¿Qué es progresar? ¿Qué es el progreso?”